07.10.2026
Tres historias de la danza
Una serie de artículos dedicados a rastrear la presencia de la danza en el mundo
Por Jaime Conde-Salazar Pérez.
Empecemos por el principio: pongamos que la Historia es ese relato que nos sirve para imaginar relaciones que se dieron en el pasado entre cuerpos, lugares y acciones que, en efecto, existieron. Esas relaciones aparecen como parte de una narración que convierte los cuerpos en personajes, los lugares en escenarios y las acciones en tramas. El relato de la Historia nos permite mirar hacia atrás desde un presente particular cuyas condiciones concretas determinan cómo nos contamos lo que ocurrió en el pasado. Aunque la nombremos en singular y le pongamos una hache mayúscula, la narración histórica no es ni absoluta ni única y no ha dejado de transformarse y cambiar a lo largo del tiempo. Por eso, está bien tener siempre presente que cuando decimos “Historia” nos referimos a un conjunto muy variado de “historias” que se han acumulado, transmitido y entrecruzado a lo largo del tiempo.
La Historia de la Danza es el relato cambiante gracias al cual hemos imaginado e intentado entender a los cuerpos que bailaron en el pasado. Como todo relato histórico, la Historia de la Danza, no es una narración estable. Dependiendo del momento y del contexto en el que se haya escrito el relato tendrá una forma u otra. Así, un manual de Historia de la Danza al uso nos puede ayudar a conocer nombres, imaginar cuerpos, identificar formas y estilos, etc. Pero también nos puede ayudar a descubrir una rica variedad de formas posibles de mirar y tratar la danza.

La danza y el ballet
Como quizás no podía ser de otra manera, la primera obra que queremos presentarte es La danza y el ballet de Adolfo Salazar (1890- 1958). Compositor, músico y crítico, Salazar fue sin duda uno de los principales instigadores y protagonistas de la intensa renovación musical que tuvo lugar en nuestro país durante los años 20 y 30 del siglo pasado. Erudito autodidacta, se exilió en México tras la Guerra Civil desde donde continuó su intensa labor como crítico, investigador y divulgador. En 1949 publica el conocido manual que ahora nos ocupa y que no ha dejado de re-editarse hasta nuestros días.
La Historia que relata Salazar sigue una estructura lineal y cronológica: cada capítulo se ocupa de un periodo de manera que a medida que avanza la lectura, avanza también el tiempo histórico. Los periodos de los que se ocupa cada capítulo no son temporalmente equivalentes: los primeros abarcan miles de años mientras que los últimos apenas tratan unas pocas décadas. Es como si, a medida que nos acercáramos al presente desde el que escribe Salazar, es decir, a mediados del s. XX, la mirada se dilatara y se permitiera ser mucho más precisa y detallada. Esto produce la sensación de cierta aceleración en el texto que poco a poco se va cuajando de nombres propios, lugares concretos, títulos de obras, etc., haciendo que el ritmo se haga cada vez más trepidante: en los últimos capítulos pasan muchas más cosas en mucho menos tiempo.
La voz desde la que Salazar narra su Historia es una voz que también se transforma a medida que avanza el relato. Y dicha evolución se hace evidente al observar la utilización del tiempo presente. Al comienzo, cuando se trata la danza en las culturas prehistóricas o las culturas egipcia o griega, por ejemplo, el presente sirve para crear una distancia desde la que el narrador parece abarcar la totalidad del tiempo histórico. Pero no es que se sitúe en un tiempo contemporáneo a los hechos que relata, no es que hable como un cazador recolector o como un egipcio, por ejemplo. Nada que ver. Se trata más bien de crear la sensación de que el tiempo histórico es un todo por el que el autor puede desplazarse a conveniencia, sin perder, la posición de autoridad desde la que habla. Paradójicamente, ese presente distante, acaba acercando los cuerpos lejanos de los que se habla, a los cuerpos que leen. De repente, hay pasajes en los podría parecer incluso que, el narrador al hablar de la danza en Egipto, por ejemplo, está dando instrucciones a los lectores para que encarnen ciertos movimientos. Esto se hace muy evidente cuando el relato alcanza el s. XVII, es decir, el momento en el que la danza se codifica y aparece en las culturas de los blancos europeos lo que el autor denomina “danza clásica”.

En ese momento, la voz del narrador utiliza el presente como si fuera un maestro de baile en un estudio explicando con precisión todas las posiciones y conceptos fundamentales de la danza. A partir de aquí, el presente del relato avanza cada vez más rápido hasta que alcanza el presente desde el que escribe el autor. Esa coincidencia, hace que el tiempo pasado adquiera una resonancia peculiar: ya no se trata tanto de describir contextos históricos como de “historiar” experiencias vividas por el autor. De repente, el relato histórico adquiere tintes autobiográficos. Quien habla de la Pavlova (sobre estas líneas), no es la voz distante como la de los primeros capítulos, es alguien que, en efecto, la vio bailar en el teatro de la Zarzuela de Madrid, quien habla de la modernidad en México DF o en Nueva York es alguien que, en efecto, estuvo allí y vio a bailar a los cuerpos de los que habla. Así, la voz que al principio se pronuncia como una voz anónima y distante, gracias al juego de los tiempos presente y pasado, se revela como una voz con nombres y apellidos, cuando el relato llega a su final. Entonces, entre todos los nombres de la danza, aparece el propio Adolfo Salazar, su fascinante mirada y su asombrosa erudición que es precisamente lo que le permite rastrear la danza en la Historia del Arte, la Literatura y, por supuesto, la Música.
Por último, cabe señalar una delicadeza característica del libro de Salazar: el texto escrito está acompañado de una infinidad de ilustraciones de autora anónima. Aunque también se incluye una separata con algunas fotografías, las ilustraciones se entremezclan con las palabras, creando una curiosísima animación visual en cada página.

Historia del ballet y de la danza moderna
La segunda Historia de la Danza a la que nos gustaría acercarnos es a la escrita por la profesora Ana Abad Carlés (@abadcarles_danza) con el título de Historia del ballet y de la danza moderna (2004). Más de cincuenta años separan el relato de Abad del de Salazar. En este periodo no solo han sucedido muchas cosas que han ampliado el horizonte de la danza y que, por tanto, son dignas de ser incorporadas a la narración histórica. También las miradas y perspectivas sobre la danza han cambiado radicalmente. Para empezar, en las últimas décadas del s. XX se ha asentado en el mundo académico global, pero muy especialmente en el contexto anglosajón, lo que se ha dado en llamar Dance Studies. Por fin, hemos reconocido la necesidad de que los estudios de danza cuenten con metodologías propias e independientes que permitan la emancipación del tutelaje sospechosamente patriarcal de otras disciplinas como la Musicología. La Historia de la Danza de Abad da un paso definitivo en este sentido y por eso sigue siendo un hito en la historiografía de danza escrita en español.
Abad sitúa el principio de su relato en el momento en el que “la danza adquiere la categoría de arte escénica” (p.16). Es decir, en lo que, desde una mirada eurocentrada, podemos llamar Renacimiento. Aunque al principio del texto hace una rapidísima referencia a la danza en la Antigüedad y en la Edad Media, la narración entra de lleno en materia haciendo un recorrido tan eficaz como rápido por la presencia de la danza en las cortes europeas entre los siglos XV al XVII. La audaz decisión de acortar el arco temporal sirve, por una parte, para concentrar la atención en un periodo más corto. Pero, por otra, también para dejar claro que se está tratando un fenómeno propio de la cultura de los blancos europeos, es decir, se trata de una historia del ballet y de sus evoluciones posteriores. Abad renuncia de esta manera a poner en juego una mirada universal, haciendo evidente que la forma de danza de la que se ocupa es solo una parte pequeña y particular de un fenómeno mucho más extenso, diverso y múltiple.
La narración de Abad sigue una estructura cronológica: avanza la lectura y avanza el tiempo. Y cuando llega al siglo XIX el tiempo narrativo se dilata y el texto entra en su momento álgido. El cuidado con el que la narradora presenta a personajes como Carlo Blasis, August de Bournonville o Marius Petipa, la minuciosidad con la que describe obras fundamentales como Giselle o El lago de los cines, o la profusión con la que repasa los distintos contextos históricos, proporcionan un alimento exquisito para quienes quieran saber más y entender mejor el fenómeno del ballet en Europa. El esplendor decimonónico se desborda en el siglo XX cuando llega el momento de tratar al caso de Les Ballets Russes de Diaghilev (en la imagen, sobre estas líneas) tras lo cual, Abad vuelve a tomar una decisión muy inteligente. La peliaguda cuestión de cómo la modernidad afecta a la danza, se resuelve tratando de forma independiente lo que sucede en cada uno de los principales centros en los que se desarrolla la danza de los blancos. Se habla por una parte de Francia, por otra de Rusia, por otra de Alemania, por otra de Inglaterra y por otra de Estados Unidos. De esta manera, no solo se reconoce el valor de las aportaciones regionales a la idea de modernidad sino que, además, evita que el relato de la danza moderna estadounidense se establezca como hegemónico, como ha sucedido hasta hace bien poco.
Por último, cabe destacar la bibliografía que la autora señala al final de cada capítulo. Se trata de pequeñas listas de referencias que en su gran mayoría provienen del contexto académico anglosajón y que pueden ser de gran utilidad para ahondar en los temas y cuestiones que se plantean en el texto principal.
La danza. Cuerpos en movimiento a través de la historia
La última Historia de la Danza que merece mucho la pena consultar es la más reciente. Nos referimos a La danza. Cuerpos en movimiento a través de la historia (2023) de la historiadora e investigadora Idoia Murga Castro (@csicdanza).
Haciéndose eco de la rapidez con la que han crecido los “Estudios de Danza” en las dos últimas décadas, Murga inicia su relato planteando la tensión inevitable que surge hoy entre el deber de repasar el ya conocido relato clásico de la Historia de la Danza y la “necesidad de abrir su discurso hegemónico a nuevas perspectivas, voces y cuerpos plurales, heterogéneos y diversos”(p.12). Su proyecto narrativo brota precisamente de esa tensión y tiene consecuencias directas en la estructura del texto. Por una parte, vuelve a plantear un desarrollo lineal y cronológico como sus antecesores. Pero por otra, el reconocimiento del eurocentrismo heredado y del papel de la escritura en la construcción de la historia, le permite sembrar su relato de desvíos que, en unas ocasiones rellenan huecos antes ignorados y en otras abren nuevos horizontes para pensar la danza.
El relato que construye Murga tiene una estructura especial. En un principio podría parecer que se trata de una sucesión convencional de capítulos: cuando uno acaba, empieza el siguiente. Pero una vez que nos adentramos en el texto descubrimos que hay más: cada capítulo empieza con una imagen que inspira todo lo que se cuenta a continuación; y, al llegar al final, las páginas cambian de color para acoger un breve comentario bibliográfico y una pequeña selección de fragmentos de textos históricos que invitan a seguir pensando en las cuestiones y temas que se han planteado anteriormente. De esta manera, cada capítulo forma una unidad, una especie de módulo en el que la narradora se acompaña de otras voces en las que resuena la historia que se está contando dando lugar a una especie de relato coral transtemporal.
El proyecto narrativo de Murga tiene mucho de intento de restituir la danza en el relato de la historia social y cultural, fundamentalmente, de Europa. De una forma concienzuda, la autora recorre cada momento histórico. Y, en ese recorrido, va reponiendo la danza allí donde antes habríamos encontrado un silencio o un descarado desdén. Murga raja el relato hegemónico sin que apenas se note. Y lo que consigue es un texto que no solo rastrea la huella de la danza en las culturas europeas sino que, además, la reintegra en el relato con una delicadeza admirable logrando que las costuras sean imperceptibles. A pesar de estar llevando a cabo una labor de restitución ímproba, la Historia de la Danza contada por Murga fluye con una naturalidad insólita y, seguramente por eso, la lectura es tan gustosa. Y, seguramente, lo más interesante de la obra es que consigue llevar a cabo su operación de restitución incorporando una cantidad asombrosa de referencias a estudios e investigaciones especializadas lo cual da noticia del enorme desarrollo que los Estudios de Danza han tenido en los últimos tiempos. Aunque queda mucho por hacer, en estos momentos sabemos de la danza en el pasado más de lo que nunca antes se había sabido. Por eso, la Historia de la Danza de Murga es una obra que, además de todo lo que cuenta, habla de nuestro tiempo y de todo lo que ha sucedido en la danza en las últimas dos décadas.
Tomadas en conjunto, las obras de Salazar, Abad y Murga, tan distintas entre sí y, a la vez, tan interesantes cada una a su manera, trazan un camino precioso a lo largo del que se puede ver que la Historia de la Danza es una forma narrativa en transformación constante. Como quizás no podía ser de otra manera, escribir sobre la danza, intentar contar lo que les pasó a los cuerpos que bailaron, es una labor que requiere cierto coraje pues al escribir, una acaba también desapareciendo un poco con la danza de la que intenta hablar. Y estas tres obras exquisitas así parecen demostrarlo.


