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Entrevista a José Antonio Ruiz. Director del Ballet Nacional de España

Publicado en la Revista `Acordes de Flamenco´. Núm. 6

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“El Ballet Nacional tiene que conquistar su espacio dentro del flamenco, ganárselo a pulso”

Por Manuel Moraga

El flamenco vuelve a protagonizar el trabajo del Ballet Nacional de España. El nuevo espectáculo Sevilla Madrid Sevilla lo integran  tres producciones: Antonio Canales firma Cambalache, Ángel Rojas y Carlos Rodríguez han creado Dualia y Fernando Romero es el coreógrafo de Caprichos. José Nieto, Juan José Amador y Cañizares han creado las partituras expresamente para la ocasión. Todo bajo la atenta e inquieta mirada artística de José Antonio que también ha coordinado el trabajo escenográfico con grandes diseñadores de vestuario e iluminación. Unas semanas antes del estreno, José Antonio Ruiz  nos recibe en la sede de la compañía estatal.




P- El estreno está ya a la vuelta de la esquina ¿Vive con inquietud la recta final, o su experiencia le da suficiente tranquilidad?
R- Siempre se vive con una incertidumbre, con una inquietud y sobre todo con ilusión. En este caso no firmo ninguno de los trabajos y por tanto la responsabilidad es más bien global. Por otro lado, tengo una especie de serenidad porque físicamente no aporto el esfuerzo añadido de estar pendiente también de las coreografías, pero sí tengo que aportar un criterio y una experiencia: tengo que estar en la elección de iluminadores, de diseñadores, escoger el vestuario, hablar con los coreógrafos si hay algo a lo que poder dar otro concepto… Más que nervios, tengo mucha ilusión. Es una sensación extraña pero agradable el ver los espectáculos desde fuera, sin estar involucrado desde el escenario, ya sea como coreógrafo o como intérprete..

P- Va para tres años en esta segunda etapa suya al frente del Ballet Nacional de España ¿Ha cambiado algo su tesis, su proyecto?
R- No. Siguen estando las mismas bases, los mismos principios. Han cambiado situaciones, han cambiado gentes, se ha planteado un tiempo de pararnos un poco y desarrollar esta nueva producción para la que necesitaba un espacio y un tiempo en el que coordinar, ya que son tres creadores diferentes difíciles de encajar. Así que todo el período de montaje ha sido complejo. Pero mi objetivo es el mismo: que el Ballet Nacional siga mejorando día a día, haciendo cosas valientes, cosas donde  se demuestre la evolución que está teniendo el artista y que el trabajo que se dé al público, al margen de acertar más o menos en el gusto, sea de mucha calidad.

P- Sevilla Madrid Sevilla, supongo que aludiendo al origen de los tres o, mejor dicho, cuatro coreógrafos: los sevillanos Antonio Canales, Fernando Romero, y los madrileños Ángel Rojas y Carlos Rodríguez...
R- Es curioso porque además de todo eso encuentro un vínculo con mi vida personal y artística. He querido denominar este espectáculo Sevilla Madrid Sevilla  porque soy madrileño, pero mi etapa en Sevilla fue muy creativa y en ella me enriquecí muchísimo: creo que se hicieron cosas extraordinarias con unas posibilidades muy ajustadas. A mí me ha quedado un recuerdo extraordinario de esa etapa que no puedo desvincularlo de mí. Hay compañeros que han estado colaborando continuada o intermitentemente conmigo y quería hacer un programa en el que estuvieran presentes gentes muy diferentes y que aportaran lenguajes y conceptos flamencos muy equilibrados, cada uno con su estética, porque la base de nuestro arte está ahí, en que cada uno tiene su verdad y esa verdad es la que enriquece. Por ejemplo, para la parte de Madrid he aprovechado la oportunidad para contar con la colaboración de Ángel Rojas y Carlos Rodríguez, dos bailarines a los que tengo un especial cariño y en los que buena parte de sus inicios está ligada a mí. Incluso mi Compañía fue plataforma para que ellos pudieran realizar trabajos, y en algunos de ellos llegué a colaborar.

P- Las coreografías están montadas sobre músicas creadas expresamente para el espectáculo…
R- Efectivamente, todo es absolutamente nuevo, creado para esta ocasión. La música para Caprichos de Fernando Romero está creada por Juan Manuel Cañizares y Juan José Amador basándose en las cosas de Montoya y Sabicas, pero dando una evolución realmente hermosa. Por su parte, Rojas y Rodríguez trabajan en Dualia con José Nieto, que es uno de los más grandes músicos que tenemos en este país y que ha tenido un gran vínculo con el mundo de la danza y, desde luego, conmigo: se entusiasma cada vez más con el baile. Y en Cambalache, Canales está haciendo un trabajo con un colaborador con el que ya había trabajado antes, Livio Gianola.

P- En sus trabajos siempre hay un cuidado exquisito de iluminación y vestuario ¿Pone el mismo empeño en Sevilla Madrid Sevilla?
R- Desde luego. En esta ocasión he contado con dos grandes diseñadores de iluminación. Uno es Joan Teixidó, que ya me hizo Café de Chinitas y que en esta ocasión trabaja con las obras de Canales y Romero, y por otro lado está David Pérez que ilumina el trabajo de Rojas y Rodríguez. Pero también he querido dar  una presencia importante a la estética, y si las coreografías están creadas por hombres, el vestuario, la estética, está creada por mujeres diseñadoras. Sonia Grande es una maravillosa diseñadora, colaboradora de Amenábar; le encanta el baile y tiene una creatividad y una sobriedad especial para el trabajo de Fernando Romero. También está  Rosa García Andujar, que es muy meticulosa, muy creativa y da muchas texturas al vestuario y un color diferente. Rosa hace Dualia para Rojas y Rodríguez. Después, Ivonne Blake es un genio: hizo Café de Chinitas y ha colaborado conmigo otras veces. Tiene un óscar de Hollywood y algunos goyas. Entonces hay un equilibrio muy pensado: se han juntado diferentes creadores que no están acostumbrados a trabajar entre ellos y ahí hay una corriente de riqueza donde se intercambian conceptos e ideas que van a favorecer a la globalidad del espectáculo. El público va a ver dos obras de flamenco totalmente diferentes y una obra de danza española típica pero con el toque fresco de Rojas y Rodríguez. Además, cuento con la posibilidad de tenerlos a ellos bailando, al igual que a Canales en su parte. Desde luego, es un espectáculo que me hace mucha ilusión, tanta como si fuera creado por mí.

P- Es un espectáculo fundamentalmente flamenco, y no es el único que el Ballet Nacional pone en escena con José Antonio como director, porque no hace mucho estrenó La leyenda, un homenaje a Carmen Amaya. Sin embargo tengo la sensación de que el mundo del flamenco está algo distanciado del Ballet Nacional: no se suele ver en el patio de butacas a aficionados y críticos que sí aparecen asiduamente en programaciones tradicionalmente flamencas.
R- Hay muchas lecturas ahí. En primer lugar ha habido un tiempo en que el flamenco ha estado tratado un poco superficialmente desde la responsabilidad del Ballet Nacional. Por otro lado, siempre va a haber esa pugna porque se da por más flamencos otros espectáculos u otras Compañías, algunas de las cuales no llegan, para mí, ni al nivel medio que se puede considerar de respeto hacia el flamenco. Pero eso es cuestión de criterios. El denominador común de mi carrera ha sido trabajar, trabajar, trabajar y hacer lo que creo que tengo que hacer. El tiempo se encarga de decir lo que es válido, lo que ha mejorado o lo que sigue estando igual. Creo que también es esnobismo: es una actitud que toman ciertos críticos que piensan que el flamenco sólo es patrimonio de cuatro o cinco, y lo que ocurre es que el flamenco se está quedando cada vez más pobre y más triste. Hay gente que realmente tiene valor, pero el cincuenta por ciento no se sostienen, aunque se sigan apoyando por el criterio de algunos críticos y por esos enamoramientos que surgen y que yo no entiendo. El crítico debe ser absolutamente imparcial y honesto y decir lo que siente con respeto y con fundamento, pero muchas veces te das cuenta de que es una tribuna para ensalzar o agredir. En cualquier caso, el Ballet Nacional tiene que conquistar su espacio dentro del flamenco, ganárselo a pulso, que al público no le parezca todo maravilloso porque lo ha hecho el Ballet Nacional. Pero también me molesta que no se haya sido crítico con etapas históricas muy mediocres de esta Compañía y que en estos momentos no se permita ni el más mínimo error. Se nos debe exigir mucho rigor, un gran nivel y también nos tenemos que ganar el respeto y la sintonía con el público. Hace dos años, con Aires de Villa y Corte, La Leyenda y El loco, ya se vio que había de nuevo interés por el Ballet Nacional. El año pasado con Café de Chinitas fue impresionante: la gente estaba absolutamente entregada, con admiración y con ilusión. Eso es lo más importante. La gente tiene que ver que este es un colectivo que se lo toma en serio, que no está aquí perdiendo horas de trabajo y que el dinero se invierte de la mejor manera, con artistas, creadores, músicos, escenógrafos, diseñadores, etc. todos de un gran nivel. No podemos hacer chapucillas. Estamos creando patrimonio cultural nuevo sin olvidarnos del repertorio histórico, y todo tiene que ir dando prioridades, porque no hay tiempo para hacer tantas cosas.



P- ¿Cómo y dónde se aprende a coreografiar?
R- En la danza clásica y en el contemporáneo hay técnicas, hay cursos, etc. Pero si no tienes una verdadera inquietud y un lenguaje para contar tus sentimientos es difícil, por mucho que estudies. Cuanto más teoría se tiene más riqueza se consigue, pero no siempre el talento acompaña al conocimiento. Esto es un esfuerzo del día a día: buscar, sentir. A mí me hacen crecer mucho como coreógrafo los artistas que tengo a mi lado. Cuando creo una obra tengo un concepto global: qué es lo que quiero contar y qué necesita transmitir, pero jamás sé los pasos que voy a hacer. Me gusta estar absolutamente vacío y virgen cuando me pongo frente a las caras y eso mismo me va haciendo desarrollar lo que quiero contar. Hay infinidad de sistemas y todo es válido siempre que se consiga el objetivo que uno se marca. Me puedo apasionar con una historia y con una música, pero todo eso tomará cuerpo, presencia y fuerza cuando tenga a los personajes frente a mí.

P- ¿Está en peligro esa profesión? Lo pregunto porque por las causas que sean –fundamentalmente económicas- cada vez hay más espectáculos de baile con uno, dos o tres bailaores, pero escasean los cuerpos de baile, las grandes compañías.
R- Un coreógrafo tampoco se mide por la cantidad de gente que tenga que coreografiar, sino que su talento puede apreciarse con un solo, con un dúo o con un trío. Lo importante es la esencia de lo que quiere contar. Indudablemente hay gente especialista en mover  grupos grandes. A mí me dicen que muevo al colectivo de una manera diferente, quizá porque siempre me ha gustado arriesgar y odio las cosas planas o que sean muy efectistas porque veinte personas hagan siempre lo mismo. Como ocurre en cualquier ámbito de la sociedad, también aquí hay crisis y en el baile van surgiendo gentes muy creativas que aportan cosas diferentes y sobre todo sinceras. Me molesta mucho que se aporten muchas cosas y que de todas ellas luego queden muy pocas. A veces se busca más la notoriedad que una inquietud creativa.

P- Le hemos visto en la calle manifestándose contra el cierre del Teatro Albéniz de Madrid ¿La cultura es una ideología?
R- La cultura debe estar en todos los aspectos del ser humano. Me gusta mucho repetir la idea de que un pueblo sin cultura es un pueblo absolutamente vacío: puede tener un alto nivel de comodidad y bienestar, pero sería un pueblo vacío.  Hay ciudades donde todo es muy cómodo, pero no encuentras ninguna referencia cultural en ninguno de los aspectos, ni en arquitectura, ni en el comportamiento de la gente, etc. La cultura es algo absolutamente indispensable en el ser humano y el baile debe hacerse respetar. Hasta que no se valore como un bien social siempre estaremos viéndolo como una cosa lúdica donde uno va, se lo pasa bien y nada más, sin darnos cuenta de que somos transmisores de una cultura y de una forma de ser, ya sea recuperando la herencia que tenemos o ya sea con las nuevas tendencias, porque el arte debe estar vivo y abierto a las situaciones que sufre y disfruta la sociedad. El problema es que muchas veces se ve al bailarín desde el glamour, desde cómo viste o lo guapo o guapa que está. Eso puede estar bien, pero tenemos una responsabilidad mucho más profunda porque estaremos formando o deformando a las próximas generaciones. Nosotros somos una consecuencia de quienes nos han precedido y, a su vez, seremos causa de quienes nos sigan. Somos un referente de dónde venimos y seremos un referente para la gente del mañana. Por eso tenemos que tener mucho cuidado en crear esos conceptos tan puramente estéticos.

P- En la pasada Bienal de Sevilla se escuchaban algunas voces que reprochaban la inclusión de muchos espectáculos de baile como una manera de llenar rápido los teatros y asegurarse el aplauso fácil ¿Qué le parecen ese tipo de comentarios?
R- Es una mamarrachada porque artistas tan estupendos y tan flamencos como han podido ser Mario Maya o Antonio Gades han bebido de la danza ¿Ahora vamos a cuestionar a Antonio Gades? Por mucho que digan, Gades no fue un bailaor, sino un bailarín y toda su vida se encargó de desarrollar esa faceta ¿Cuando nos conviene lo llevamos al concepto del bailaor? Él era bailaor, pero fue su formación de bailarín la que le dio esa estética, una estética maravillosa pero única y exclusiva para Antonio Gades. Mario Maya es otro creador extraordinario que se ha preocupado de ver, de crear, de asimilar muchas cosas de muchos mundos y de muchas estéticas. Entonces ¿Qué pasa? ¿Nos estamos volviendo tan puros? Con las purezas hay que tener mucho cuidado porque empiezan a salir taras en las razas. Hay que alimentarse ¿Tampoco es puro Paco de Lucía? Lo que hay que ser es bueno en lo que hagas y dejarse de pamplinas, entre otras cosas porque el flamenco no es patrimonio de unos ni de otros. El flamenco es un patrimonio universal que hay que cuidar y mimar, y muchas veces nos damos cuenta de que hay personas del ambiente de la danza, bailarines, que tratan al flamenco con mucho más respeto que muchos flamencos. Cuando las cosas se encierran pueden ir asfixiándose por sí mismas y pueden ir muriendo.

P- ¿La responsabilidad endurece o simplemente le hace a uno más selectivo?
R- A priori me gusta siempre abrir y que la selección no sea tanto por mi afinidad. Indudablemente hay gente que tiene un talento y tiene más posibilidades, pero en principio me gusta abrir todo ese abanico y luego ver quiénes son los que aprovechan la oportunidad. Muchas veces empiezo a montar coreografías y digo ¡venga, todo el mundo a montar los pasos a la vez! Yo tengo ya mi idea de quién puede hacerlo, pero no me gusta decir “tú y tú os quedáis y todos los demás que se vayan”. No. Quiero dar a todos la oportunidad, aunque al final tienes que ser selectivo. Esta no es una profesión democrática, sino una profesión dura, rígida, cruel y maravillosa. Quien la escoge no está obligado y tiene que asumir lo positivo y lo negativo de esta profesión. Uno que sea físicamente débil –por lesiones, etc.- tendrá una carrera corta, pero aquél que tenga moralmente pocas energías y poca entereza quizá dure menos todavía. La persona que tiene un objetivo, que su mente está puesta en el baile, en cómo crecer, en cómo desarrollarse, esa persona lucha incluso contra hándicaps físicos y llega a conseguir cosas.

P- Para ejercer su responsabilidad ¿Prefiere mandar o dirigir?
R- Soy muy poco mandón. Se enseña más con un gesto, con una actitud, que con una orden. Obviamente tienes que ordenar y planificar, y dirigir significa mostrar el camino que quieres seguir. Lo de “esto se hace así porque lo digo yo” nunca se ha oído en mi boca. Si digo “eso se hace así” es porque se puede hacer así. Si un bailarín dice que no se puede, me levanto y con mis veinte kilos que me sobran, se lo hago y entonces le digo “¿Ves? Si lo puedo hacer yo, lo puedes hacer tú”. Mandar y ordenar tampoco quiere decir faltar el respeto, sino que hay que saber decir las cosas. Pero si el respeto no es recíproco hay que defenderse. Aún así, por encima de todo hay que tratar a las personas como tal. Antes que nada, un bailarín debe ser persona y debe tratársele con dignidad. No puedo exigir a la sociedad que se nos respete si yo, desde mi marco, no lo cumplo. Yo no dejo de saludar absolutamente a nadie, aunque sea sólo por respeto y por educación.

P- ¿Qué es lo que más nos va a sorprender de este Sevilla Madrid Sevilla?
R- Está la propia creatividad de los creadores y, además, toda la belleza de estética y la iluminación. Es un espectáculo de danza, no cuenta historias, no se ampara en decorados ni en cosas que adornen, sino que todo está en el baile porque es el baile lo que tiene la fuerza: el baile, el intérprete, la luz y el vestuario. También de septiembre hasta aquí ha habido la incorporación de gente nueva y por tanto se va a ver a gente con una gran ilusión y con un gran talento. Se va a ver el trabajo que se ha hecho en pocos meses, además de la culminación de los dos años que llevamos trabajando mirando coreografías nuevas y recuperando algunas antiguas. Para mí, el nivel de la Compañía ha crecido mucho.

P- ¿A José Antonio le gusta más seguir el camino de la razón o el del corazón?
R- Yo soy más de corazón. Lo que pasa es que la mente debe dirigir, sobre todo cuando uno tiene una responsabilidad hacia otros. Sin embargo, con el tiempo he aprendido algo que me aconsejaron hace muchos años: yo intentaba razonar y analizar, es decir, llevaba al baile todo lo contrario que soy como ser humano. Me insinuaron que cuando me dejara llevar más por mi intuición iba a estar más feliz. Bailando soy artista de corazón. Indudablemente, en una vida profesional larga como la mía, hay etapas en que la prioridad cambia por circunstancias diferentes. Hace muchos años que uno baila para sí mismo, se encierra, tiene que ejercer su profesionalidad, su conocimiento, pero a la hora de salir a un escenario es tu verdad desnuda sin saber siquiera quién está frente a ti, viéndote. Es una especie de catarsis muy saludable que uno debe desarrollarla porque es muy incómodo bailar según quién esté en el patio de butacas. Uno debe desnudarse y entregarse con toda la vehemencia y la pasión. Un artista cuando está en un escenario tiene que dar el máximo, no escatimar porque no sabes si vas a tener otra oportunidad; hay que bailar siempre como si fuera la última vez. No me gusta la gente que se reserva. Prefiero que me falle algo justamente por esa entrega: prefiero que se vea que uno es un ser imperfecto.

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